Bats’i k’op: el verdadero lenguaje

Obra: Jchanultik (Nuestro nahual)

Por Urani Montiel – Muestra Crítica 2021

Fotos: José Jorge Carreón/Raúl Kigra

Foto en portada: José Jorge Carreón

Desde lo alto de la caja negra cuelgan dos telares con motivos de flores enmarcando a izquierda y derecha frente al espectador, el espacio donde ocurrirá la cuarta y última obra dentro de la programación de teatro comunitario en la 41 MNT. Un pequeño tapete, con el mismo diseño floral, se extiende sobre proscenio. Estos elementos componen la escenografía. Desde los Altos de Chiapas, del municipio de Zinacantán –pueblo florero por excelencia–, el grupo Ylbel Jteklumak Raíces de mi Pueblo escenificó Jchanultik (Nuestro nahual), creación colectiva dirigida por Martín Raymundo Hernández y asistida por Raúl Pérez Pineda.

La escena inaugural, de gran atractivo a la mirada por el despliegue del nutrido elenco, prepara el terreno de la agrupación, tanto el artístico como el que siembran, de manera simbólica, con azadón y semillas sobre una cama de hierbas. Durante este rito propiciatorio, aderezado con humo y una pausada coreografía, suena “Bolom Chon” (danza del jaguar), canción popular chiapaneca representativa de la creencia sobre el animal guardián.

Foto: José Jorge Carreón

El elenco –siete actrices más cinco actores– visten el traje tradicional de los Altos. Ellas portan una falda negra larga y un huipil púrpura de telar de cintura; hojas y flores bordadas adornan ambas piezas. El actor de mayor edad, Diego Méndez, se distingue por su chamarra de lana negra –tradicional de Tenejapa–, rematada por una faja y calzón blancos, también bordados con la misma técnica del telar. Su atuendo, distinto al del resto, simboliza su autoridad y liderazgo, presentes en la fábula. Los demás varones traen pantalón de mezclilla y camisa roja hasta la rodilla, de la que penden listones de colores. Todas y todos pisan fuerte y descalzos las tablas.

La sinopsis del espectáculo informa lo siguiente: “cuenta la historia de José, un sembrador de maíz y frijol que, al quedar en bancarrota, cae en el vicio del alcohol. Un día sale a las calles, sin esperanza alguna, con el deseo de la muerte, pero los dioses protectores del nahual deciden castigarlo con una terrible enfermedad”. Con esta premisa, los espectadores no hablantes del tzotzil se adentran en una obra hablada íntegramente en lengua indígena, algo inédito en una Muestra Nacional. Ante este acto político y estético, ejercido por una compañía bilingüe, resplandecieron los recursos y elementos propios del verdadero lenguaje: el teatral, el cual une y convoca de sur a norte para paliar la distancia entre nos/otros.

Foto: José Jorge Carreón

La sonoridad del lenguaje enaltece la presencia actoral. Los gestos son claros: tanto el de la discusión intrafamiliar como el del consejo vecinal, así como el del forcejeo entre amistades y el de la resolución grupal tras el consenso. Se distinguen, sin dificultad, la figura de los amigos que corrompen, con botella en mano, y la de los vecinos que auxilian y van en busca del curandero. Las entradas, salidas y los oscuros dictan el devenir del tiempo. La ubicación en proscenio o al centro del tablado, por su parte, no solo enfoca la atención, sino que delimita el umbral donde los poderes se disputan y concilian: en el primer plano, actúa el saber y el performance del viejo chamán; al fondo, irrumpe la ambigua entidad del nahual. El cuerpo y conciencia del protagonista, quien lleva puesto un grueso reloj en la muñeca, se debate entre los binomios de salud/lucidez, procurado por el especialista ritual, y de letargo/malestar. Las secuencias de la ceremonia de curación estelarizan el montaje.

El investigador Alfredo López Austin, recientemente fallecido, nos enseñó que, para las culturas mesoamericanas y mayenses el individuo no se concibe como un simple ser unitario sostenido por huesos y carne, sino como un variable y complejo producto de la influencia de diversas fuerzas sobrenaturales y entidades que actúan sobre la tierra en distintas circunstancias y tiempos.

Foto: José Jorge Carreón

El nahualli, uno de los principales componentes y centros anímicos del sujeto, es una entidad compañera, una parte extracorpórea (fuera de sí); su atribución supone una fuerte interdependencia entre el ecosistema y el destino de su portador. Ambos seres se relacionan y funden en estados de ensoñación, ya sea inducidos o controlados, como lo hace en escena el ilole (chamán tzotzil), o en trances no siempre afortunados para aquellos que rompen la norma y convivencia del grupo, como José, quien se entrega al alcohol, antes que a la cosecha o a su familia. La irrupción del animal protector siempre tendrá consecuencias en un paisaje social de mayores proporciones: los congéneres de la misma comunidad.

Según estudios antropológicos, el simbolismo del jaguar entre las tierras altas y bajas de la cultura maya depende del poder político. En manos propias, se interpreta al felino como un sabio y creador; por el contrario, cuando dicho poder ha sido intervenido –ya sea por influencia, impostura o engaño–, el jaguar es visto como un animal torpe y destructivo. A este esquema práctico de relaciones morales y de gobierno se inscribe Jchanultik como un dispositivo de auto regulación social en el seno de su comunidad, pero también de resistencia al ser ellos los artífices de su propia representación (etnogénesis).

Foto: Raúl Kigra

En el marco de la celebración del Año Internacional de las Lenguas Indígenas (2009), la escritora Petrona de la Cruz Cruz, originaria de Zinacantán, pronunció en la tribuna más alta de San Lázaro (CdMx), un mensaje en lengua tzotzil, en el que exaltó al teatro comunitario como el mejor vehículo para “rescatar nuestra raíz desde nosotros mismos, despertando la resonancia más verdadera y genuina que habita en el corazón, ese espacio en el que conectamos con nuestro conocimiento interior, que se comunica con el otro”.

Si una lengua abre ventanas para comprender al mundo de sus hablantes, como reza una máxima lingüística, el joven elenco de Ylbel Jteklumak Raíces de mi Pueblo nos ofreció un resquicio para asomarnos a toda la fuerza y belleza de su arte escénico.