Detrás de mí la noche: un infortunado viaje a la memoria

Obra: Detrás de mí la noche

Por Guadalupe Gómez Rosas – Muestra Crítica 2021

Fotos: Gloria Minauro / José Jorge Carreón / Raúl Kigra 

Foto en portada: Raúl Kigra 

Detrás de mí la noche es un biodrama interpretado por Verónica Langer, actriz argentina nacionalizada mexicana, reconocida por trabajar con destacados directores y galardonada con dos premios Ariel. En este unipersonal —presentado en la sala Xavier Villaurrutia, como parte de la 41º Muestra Nacional de Teatro—, Langer se encarna a sí misma para revelar la historia geográfica de su linaje, a través de un texto construido a cuatro manos entre la propia actriz y el dramaturgo Noé Morales, bajo la dirección de Juan José Tagle.

La escenografía se instala sobre una gran lámina de papel que corre desde el ciclorama hasta proscenio; al centro se observa una mesa con una maqueta o cuerpo tipográfico, así como dos sillas y un perchero. Langer aparece con un vestuario casual, compuesto por una blusa blanca y un pantalón negro, atuendo que será combinado con una serie de abrigos a lo largo de la obra.

Foto: José Jorge Carreón

El monólogo inicia con una declaración en los altavoces de una mujer con acento extranjero que pide el perdón histórico a los descendientes de las víctimas del Holocausto. Se trata de una funcionaria de la Embajada de Austria, que en reparo por estos crímenes de odio ofrece la doble nacionalidad. La protagonista dice estar confundida, huir del lugar y con ello negar los beneficios de la entidad diplomática.

En un salto de emplazamiento, Langer se encuentra en una cocina, amasando, cuando llega un paquete. El contenido es el libro I Want to Speak: The Tragedy and Banality of Survival in Terezin and Auschwitz de Margareta Glas-Larsson, así como una invitación a presentar el libro en Viena, dado que la autora es su familiar.

Foto: Gloria Minauro

La protagonista señala sentirse afectada sin saber por qué y cuenta que sale de la casa a reflexionar. Al fondo se reproduce un video donde Langer transita por la calle y metafóricamente se encuentra con el pasado, a través del abrazo de una mujer de la primera mitad del siglo XX. Súbitamente, Langer se encuentra de nuevo en casa y se pregunta si hay heridas imposibles de cerrar. En este instante inicia una vorágine documental sobre la historia de su apellido, así como los hitos que marcaron su búsqueda. En este desarrollo escasean las emociones y exceden los intentos de un humor atropellado.

Langer despliega elementos que combinan lo ficcional y lo fáctico en un ambiente ilustrativo. Se sirve de la mesa con la maqueta para contener objetos de los lugares y tiempos que habitó: aparece un pequeño caballo, una miniatura del Obelisco de Buenos Aires, una red morada que evoca el despertar entre jacarandas, las banderas de Uruguay y Argentina, una colorida muñeca mexicana, la harina cernida como nieve, así como decenas de fotografías del pasado. El viaje de esta investigación, las guerras y la migración se extravían en un texto directo y sin impresiones. La maqueta donde la actriz traza la ruta de los objetos clave en la búsqueda de su pasado, está muy lejos de la audiencia, lo que dificulta reconocer lo enumerado.

Foto: Gloria Minauro

En un intento por reforzar el interés por su búsqueda, el monólogo acude a pequeñas historias y acciones que acontecen durante el viaje a Viena. Por ejemplo, cuando la protagonista narra su encuentro con un actor famoso, con quien se ha tomado una fotografía. Minutos más tarde, conocemos que la madre de Langer ofrecía mascarillas faciales a las burócratas nazis para salvaguardar su existencia y la de su marido. En otro momento aparece el sabor del Schnaps como pretexto para aludir a la escuela donde se educó su progenitora. De esta forma, se agolpan una serie de viñetas que oscilan entre lo superfluo y lo trascendente, pero que al ser relatado en el mismo tono baladí se alejan de la empatía que supondría una recuperación histórica de esta amplitud.

Además del emplazamiento de instantes forzados, se presenta un vacío contextual que resta profundidad a la experiencia. Uno de estos acontecimientos se da cuando Langer localiza una piedra de tropiezo (stolperstein) —proyecto iniciado por Gunter Demnig que exhorta el reconocimiento de los fallecimientos o vidas separadas a causa del nacionalsocialismo—. La protagonista sitúa la importancia en el nombre de una mujer con el apellido de su padre, dejando en otro plano, mínimo y difuminando, el áspero recuerdo de los crímenes de odio.

Foto: José Jorge Carreón

Asimismo, para indicar la incomunicación experimentada en Austria, la actriz se vale de un aciaga composición cuasilingüística en diferentes idiomas; no obstante, el resultado son frases farfulladas y equívocas, que más allá de mostrar la dificultad del lenguaje, desorientan y aumentan la distancia con el público. A pesar de la necesidad de una conexión empática, los esfuerzos del ingenio no trascienden y todo se elabora bajo un mismo tono hasta el cierre del biodrama.

La historia que Langer representa es uno de los tantos llamados a retener la memoria. Su propuesta se centra en la recapitulación de elementos que homenajean su linaje, el que permanece a pesar de sucesivas guerras y exilios. Sin embargo, se exime la impronta de la migración forzada, no se percibe el cariz de los esfuerzos por seguir existiendo, se echa de menos el desasosiego que despiertan las pérdidas totales y la complejidad de la reconstrucción. Al final, tenemos un acopio de piezas que produce extrañeza y más interrogantes, inclusive un cierto tipo de orfandad por el acto escénico.