La exquisita comunión de ser uno

Obra: Un acto de comunión

Por Guadalupe Gómez Rosas – Muestra Crítica 2021

Fotos: Gloria Minauro

“Me voy a comer tu deliciosa carne”, declara Henrik en Un acto de comunión, un monólogo de exquisita factura en diversos niveles, encarnado por Antón Araiza y dirigido por Julio César Luna. Después de presentarse en el teatro El Granero Xavier Rojas, del Centro Cultural del Bosque, en 2020, ahora se pudo ver en el mismo recinto, en el marco de la 41 Muestra Nacional de Teatro. Un acto de comunión descoloca los cimientos morales de nuestra cultura y desafía certezas de nuestra propia existencia.

El unipersonal escrito por el dramaturgo argentino Lautaro Vilo partió de los hechos registrados en el caso del “Caníbal de Rotemburgo”, Armin Meiwes, a principios del siglo en curso. Vilo coloca una historia de soledad y ostracismo como premisa de un deseo voraz y complejo. Compone una progresión narrada en diferentes etapas: un cumpleaños infantil que detona el trauma y el abandono, la muerte materna como escenario edípico soslayado, la aprehensión del canibalismo, el consenso de un encuentro mortífero y placentero, y finalmente la exculpación legal del acto. Para redondear el desarrollo del texto, Vilo se vale de vocablos elegantes, alternados con diminutivos: papadita, secretitos, rellenito… develados meticulosamente en un tono indolente y casi hipocondríaco.

Una silla gastada y una luz cenital invitan a Henrik al escenario. El protagonista viste de mezclilla y calza zapatos desgastados, sin embargo, limpios. Todo compone una indumentaria sencilla que alude a la cárcel. Sus pasos son cortos y débiles, sin intimidación; pero una vez en el centro, inicia una experiencia que confronta al espectador consigo mismo.

Episodios fundamentales en la vida de Henrik son la celebración de su octavo cumpleaños y el lacónico funeral de su madre. En la marcha se revelan las obsesiones de limpieza y jerarquía que coordinan su existencia: la ansiedad de tener un hermano, un par, así como la disforia social. El monólogo regala risas pautadas y definidas. Sobre todo, busca complicidad en el espectador, a través de experiencias tan cotidianas como el fracaso o el desasosiego de ver cómo el dinero mueve al mundo, donde incluso para morir hay que tener efectivo.

La interpretación de Araiza es consistente. La voz lóbrega se mantiene casi murmurante, con una ejecución lingual clara y de velocidad continua. La proyección vocal hace mancuerna con una kinésica reiterada, con un ir y venir de las manos delicado y a ritmo lento, en clara afinidad con la personalidad arrojada en escena. La iluminación incide sobre la faz del actor para extremar los rasgos y evocar lo tétrico, además de marcar cada vuelco o etapa.

Ya instalados en el preámbulo de la excentricidad de Henrik —colmada de una obsesión por el método y el orden, así como de una incesante lista de parafilias para suplir la ausencia familiar— éste nos devela un secreto: durante años ha deseado devorar, ser uno mismo a través de la degustación de la carne humana. Aclara que es un anhelo maduro y consciente. El pastel de celebración de su infancia se convierte en un hombre rastreado en cannibalcafe.com. El protagonista localiza un voluntario, que al verlo en persona contrasta con la ideal descripción de sí mismo en Internet. Aún así, se mantiene apetecible.

La empatía y las risas producidas en el público se tambalean, al igual que las nociones maniqueas presentes en los dogmas y credos personales. Nos empuja a cuestionarnos si la soledad y el libre albedrío justifican considerar al canibalismo como un acto de comunión. Inclusive, a dudar si la sociedad es la culpable del abandono paulatino, el cual orilló al protagonista a buscar la compañía permanente en acciones radicales.

Henrik padece su tiempo y su contexto. El instinto que lo quema no es metafórico, su saciedad necesita un ingrediente vetado: un hombre que ansíe morir. En un Acto de comunión se mata por deseo propio y del otro, no hay cohersión, sino voluntad consensuada. Qué mejor acto de democracia que buscar ser unánimes. Sin embargo, Occidente rompe sus propias ordenanzas al no aceptar el acuerdo de dos iguales. Los marcos jurídicos se ofenden ante el desprecio por la vida y la felicidad, como si todo lo que el mundo civilizado brinda no fuera suficiente.

El espectador se desarma ante la afabilidad del acto mutuamente consentido: ¿qué hacer con la ironía de la suavidad en un descuartizamiento?, ¿cómo actuar ante la elección de los cortes sin hueso para no hacer ruido y no privar a los vecinos de su derecho al descanso? ¿Realmente somos jueces?, ¿quién nos ha nombrado?

Súbitamente, en un ejercicio que apela directamente al público, el sabido caníbal pide agua. A la audiencia la descoloca tal solicitud después de la impasible exposición de sus actos. “Agua, por favor” implora. Nadie responde y el silencio oprime. “El lindo querubín” —como lo llamaban en casa— se recompone y la tensión disminuye. Reitera que no es un asesinato, porque cuando alguien quiere morir y se le cumple, es ayuda; es acercarse hasta estar dentro del otro y ser uno. Ahora su preocupación reside en quién interpretará su película. Totalmente irónico y desconcertante, nos recuerda que incluso la mala fama es un tipo de gloria.

Un acto de comunión escenifica una singular intersección entre apetitos y deseos existenciales. No solo retrata al psicópata siniestro, sino a un hombre endeble cuyo instinto se difumina entre la compañía y el alimento, lo que lleva a saciarse, literalmente, del otro. Tanta era su dependencia que buscó a más socios para compartir el banquete y se vio a sí mismo nuevamente abandonado. Su personalidad poco común se mantiene al último momento bajo una dirección de escena escrupulosa y definitiva, justo como el próximo filme de su acto: sin segundas partes, sin trilogías.