Matar para no morir con/como las ancestras

Obra: Pollito

Por Urani Montiel – Muestra Crítica 2021

Fotos: José Jorge Carreón

El 25N, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, fue el marco idóneo para la función inaugural de la 41 MNT. “¿Por qué nacemos quebradas?”, se pregunta la protagonista de Pollito, en el momento cumbre de la obra escrita por Talía Yael (Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo), dirigida por Micaela Gramajo y coproducida por el Centro Cultural Helénico y la Compañía Nacional de Teatro. La puesta en escena exploró las dimensiones del Teatro del Bosque Julio Castillo, sobre todo las emocionales, suscitadas e interpeladas en el patio de butacas.

El amplio fondo del inmueble genera un punto de fuga en el que, en el primer plano, del lado derecho, se levanta una pared, toda en blanco con su propia duela. En este prisma –a veces baño, en otras cocina e incluso anfiteatro–, ocurren las acciones nodales del espectáculo, en el cual es posible trazar un hilo narrativo, aunque discontinuo, a partir del crecimiento de la figura estelar, interpretada por tres actrices, caracterizadas en su atuendo, en un principio, por pijamas rosas y después por prendas amarillas. Este espacio es el dormitorio de Pollito, una sala de disección en donde se fragua el total de las escenas: siete claramente delimitadas (con título propio) más dos o quizá tres que se aglutinan en el cierre. Esta decisión estructural, cuadros nominados versus cuadros sucesivos sin corte, provoca falsos finales y, en consecuencia, una sensación de aletargamiento.

Hacia el fondo del escenario, del lado opuesto, se percibe la tramoya, así como el traslado del elenco estable de la CNT. Ellos, al igual que nosotros en esta suerte de escuadra imaginaria, también espectan, aguardan su turno y nos develan el mecanismo. Ahí mismo, en el extremo izquierdo, en favor de un equilibrio visual y escenográfico, un músico, sentado frente a la computadora, ejecuta en vivo la música original que acompaña el viaje introspectivo de una niña que se va descubriendo mujer a partir de la compenetración con su sangre y linaje: madre, prima, abuela. En este recorrido de formación, Pollito se enfrenta a ideas atávicas que han dominado –desde el inconsciente colectivo hasta los modernos estados feminicidas–, el actuar y pensar de las suyas. 

El montaje asume el reto de concentrar múltiples violencias, todas ellas necesarias de denuncia y de ser erradicadas; sin embargo, este afán cae en una sobrecarga de símbolos y recursos que reduce su efectividad comunicativa volviéndose redundante (pollito, amarillo, plumas, el gesto de volar). Son muchas las escenas las que podrían comentarse; no obstante, concentraré mi observación en un par de éstas, capitales en mi experiencia como espectador: “Pollito cuentera” y “Pollito pastora”.

 

“La niña de mis deseos”

En este tercer fragmento los símbolos y tensiones dominantes ya han sido desplegados: la mirada panóptica del patriarcado, la intermitencia del padre, un oscuro secreto y la inestable personalidad de la madre, quien acude a una bruja para expresarle un deseo: “que me hagas un niño hermoso como mi Esposo”.

El cuadro se construye bajo el molde de un relato oral, “Érase una vez…”, sobre un teatrino en donde aparecen, a diferentes escalas, los integrantes de la familia, mientras que la figura fantástica de la bruja –ataviada de cuerpo entero con paja, a la manera de los zangbetos africanos– se coloca del lado izquierdo para cuestionar la aspiración de la esposa, a la que de cierta manera engaña, ya que si bien sí le ofrece la posibilidad de ser madre a través de un huevo, de él sale una “desnuda y pequeña” niña –Pollito– y no un varón. Las consecuencias llaman a la catástrofe.

“Al ver a la nena, el Esposo se puso duro”. El actor simboliza una erección que, de primera instancia, me puso en alerta. “Sus ojos no podían creer tanta preciosura. Finalmente dijo, con un tono de voz muy maternal: Esposo: La niña de mis deseos”. Pienso en mi hija de nueve años, en su sonrisa y nuestros besos. Reconozco la delgadez de la línea. Ante la mirada de la audiencia, se materializa el complejo de Electra, lejano a lo mitológico, alusivo a mi propia manera de paternar. El esposo insiste: “Ven aquí, mi pequeño pensamiento secreto.” La posibilidad me aterra: “Si un día algo te asusta, solo grita mi nombre y vendré a espantar a cualquier cabra, vaca, gallina o Esposa que pretenda comerte. Únicamente yo puedo probar tu ternura”.

Dura escena sobre los límites de la paternidad, vital para evaluar apegos y cercanías.

 

Fábula siniestra

Durante el pasado mes de octubre, en su visita a Guerrero, nuestro mandatario minimizó los casos de prostitución o venta de niñas por usos y costumbres en diferentes puntos del sur del país: “No es la regla en comunidades”: aunque ocurriera a una sola niña, habría que encender todas las alarmas y protocolos posibles.

En la sexta escena, Pollito adolescente se entrevista con una cabra vestida de novia, quien le relata su historia, junto con el coro de vacas. A sus 16 años la cabra fue robada por un cabrón –literal en varios sentidos– de 38, con quien terminó casada. Pollito lo reconoce: “¡Abuelo!” El macho violenta a su forzada pareja: la toma de las barbas y la zarandea. Las vacas lo consienten. La cabra se desangra, mientras que su nieta clama por ayuda. “¿Dónde están tus papis? Cabra: Ellos están felices”, así que decide enfrentar en una lucha salvaje al Cabrón (que no lo era tanto). Pollito lo despedaza y, orgullosa, se ufana: “Lo maté para que ya no mueras tú. […] te vi tan vulnerable que pensé que necesitabas mi ayuda. Quería proteger tu desamparo”.

Aunque este ajuste de cuentas sea simbólico, resulta trascendente para sanar llagas en la piel de nuestras madres y ancestras. Retomando las palabras de la directora al témino de la función, esta escena, en particular, y el montaje, en general, cuestionan la violencia y quiebran narrativas que la duplican y perpetúan tanto en foros teatrales como a lo largo de generaciones. Pollito juega con teatralidades y abundantes recursos, puestos a los ojos de quienes experimentamos una profunda grieta.