Un homenaje a lo que el barrio se llevó

Obra: Ese Boker en el campo del dolor

Por Sonia Gregorio – Muestra Crítica 2021

Fotos: José Jorge Carreón / Raúl Kigra 

Foto en portada: Raúl Kigra 

Cuánto acudió para que esta haya sido una perturbadora historia de amor y dolor.

Cuerpos sin duelo: iconografías y teatralidades del dolor.

Ileana Dieguez

¿Cómo dar presencia a lo que no es del orden de la presencia? ¿Cómo evocar las ausencias? Ese Boker en el campo del dolor de la compañía La Canavaty, obra que clausura la 41 Muestra Nacional de Teatro, evoca entre bailes regio colombianos y rezos al Santo Niño Fidencio a todos esos adolescentes y jóvenes que fueron víctimas de la guerra contra el narcotráfico, esos vatos que por echarse un porro perdieron la vida. La noche del sábado 4 de diciembre, el teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque se colmó de una fiesta para las ausencias.

Con dramaturgia y dirección de Víctor Hernández, La Canavaty compañía originaria de Monterrey, Nuevo León, nos presenta la historia de El Boker, único sobreviviente de la masacre en la que fueron asesinados el resto de los integrantes de la agrupación El Kombo Kolombia, durante una fiesta en Espinazo, Nuevo León. En esta ficción, él resucita de entre los cuerpos de sus compañeros en esta tierra santa, donde buscará convertirse en médium para recibir el espíritu del taumaturgo Niño Fidencio y así abolir su identidad, el tiempo y a la humanidad, para renacer en el reino de lo eterno. La obra surge a partir del caso real de la desaparición del grupo musical Kombo Kolombia, cuyos integrantes fueron asesinados por el crimen organizado en el año 2013.

Foto: José Jorge Carreón

Cuatro hombres y una mujer caminan en procesión entre las butacas del teatro, mientras la voz de un merolico anuncia los remedios para todo mal y un personaje carnavalesco ofrece un trago de caguama a los espectadores. Su caminar es lento y firme, sus vestuarios se componen de falda tipo hawaiana, playera blanca con la imagen del Santo Niño Fidencio (símbolo de la mística norteña). En la frente llevan puesto un paliacate y sobre su cabeza cada uno sostiene una veladora encendida. Sobre el escenario se observa un altar, repleto de velas, flores e imágenes que cuelgan de un lado a otro; un gran arco de globos blancos y rosas adorna la bocaescena, en alusión a una tradicional fiesta de XV años.

El elenco conformado por Samantha Chavira, Jonathan Rodríguez (El Boker), David Colorado, Abraham Tornero, Ricardo Daniel y Roberto Cázares, nos presentan un complejo mapa de imágenes propias de la cultura popular de la zona norte del país. Entre cumbias rebajadas, reguetón, rituales y alabanzas al niño Fidencio, golpes, lágrimas y amor La Canavaty hace un recorrido por el barrio y sus reglas, para rescatar la identidad de los que  ya no están y han sido olvidados. Ese Boker en el campo del dolor es un homenaje al barrio y como dice el escritor Fernando Lobo a propósito de las dinámicas de convivencia y distribución de las periferias, es un desmadre organizado y como espacio de cultura, es también un espacio de resistencia.

Foto: José Jorge Carreón

En el trajín frenético de movimientos y voces  se instalan el amor y el odio, la alegría y el duelo, el léxico de los personajes se ve permeado por los modos del habla propios de las comunidades de la periferia de la ciudad y las pandillas. El habla no parece impostada, sin embargo hay varios momentos en los que la palabra se deforma debido al grito. Hay tropiezos constantes, vacíos, que más que un error de actuación parecieran los efectos de una improvisación o spoken word, debido a que la obra está cargada de un ritmo veloz. Los cambios en la escenografía y el vestuario son constantes, asimismo ocurre con la música y las coreografías, que pasan de un género a otro. A lo largo de toda la puesta en escena las cumbias rebajadas y el reguetón encienden el ánimo de los que nos encontramos cerca del escenario, de modo que el campo de dolor se vuelve un campo de fiesta.

A pesar de los constantes cambios los ejecutantes sostienen con gran presencia cada uno de los cuadros que componen la obra, su energía se desborda en el escenario. El dominio de los bailes se observa a distancia y las emociones aparecen a flor de piel. Samantha Chavira hace de la protesta un espacio de desahogo personal, intimo, pero potente, por su parte Jonathan Rodríguez (El Boker) nos devuelve una imagen clara de los jóvenes que habitamos los bordes con la tosquedad, la exageración, la sencillez y la oralidad de su personaje, en su mirada se observa un corazón que patea a lo bruto y a lo feroz.

Foto: José Jorge Carreón

Víctor Hernández en colaboración con su gran equipo encuentra los recursos idóneos para abordar la violencia que se vive en la periferia de las ciudades. Realiza, como menciona Ileana Diéguez a propósito de las prácticas artísticas que trabajan en torno a las memorias de dolor, un ejercicio de evocación y no de sustitución del duelo. La obra no reduce el acontecimiento a una sustitución metafórica, sino a restos metonímicos, pues el acontecimiento se presenta en los términos de su propia realidad, donde hay fe hay Santos, donde hay muerte hay balas.

La Canavaty nos muestra el fenómeno que rodea a las constantes desapariciones de jóvenes y pandillas (grupos urbanos) y no solo el acontecimiento del que surge la pieza: el asesinato del Kombo Kolombia, así en una pequeña escena toca el tema de la milicia, en otra un performer con falda de bailarina nos lanza la pregunta ¿por qué mata el asesino? pero sobre todo la pieza recupera los ritos de fe propios de la cultura popular en torno al duelo y la muerte, que en este caso se hacen al Santo Niño Fidencio, personaje importante de la mística norteña y en especial venerado en las comunidades marginadas “a tus pies vamos llegando niño Santo, y gran doctor, afligidos y llorando, en este campo del dolor.”

Foto: Raúl Kigra

Ese Boker en el campo del dolor no propone una apología de los bordes ni su integración en el centro, sino que, a través de sus propios gestos, los rescata como posibilidad y los expone en toda su irreverente y disruptiva singularidad. La obra es una muestra contundente de los nuevos caminos que está abriendo el teatro mexicano, una propuesta necesaria en términos estéticos y sociales, un teatro que habla desde y para el territorio haciendo visible que la muerte no se detiene, que la justicia es una gran ausencia, que el duelo se ha mezclado con la espera y que insistir en la vida es afirmarse en la sobrevivencia. Y en las supervivencias.